En los últimos meses algunos de los países más importantes del mundo se han visto inmersos en una dura controversia en torno al valor de sus monedas, que amenaza con convertirse en una auténtica “guerra de divisas” que podría afectar los flujos globales de comercio.
Desde que se desató la crisis internacional, representantes de EE.UU. acusan a China de mantener su moneda, el yuan, subvaluada con respecto al dólar estadounidense, lo que generaría importantes desequilibrios en el comercio mundial y haría peligrar la recuperación económica global. Según el economista estadounidense Paul Krugman, el gobierno chino mantiene el valor de su moneda en un nivel artificialmente bajo mediante el recurso de comprar grandes cantidades de moneda extranjera, con lo que, en efecto, subsidia sus exportaciones, afectando el empleo en el resto del mundo. La política cambiaria china también ha sufrido críticas de otros países del mundo, principalmente de los que integran la Unión Europea. El Comisario de Asuntos Económicos y Monetarios de Europa alertó de que la infravaloración del yuan podría poner en riesgo la recuperación de la economía europea, lo que a su vez supondría un problema para la economía mundial.
La UE también considera que la política cambiaria china supone una competencia desleal para sus exportaciones. Las presiones estadounidenses para que China revise la cotización del yuan no han dado sus frutos. A pesar de que en junio pasado los chinos habían aceptado permitir que su moneda se desplazara hacia una paridad determinada por el mercado, lo cual habría significado, según economistas de EE.UU., un fuerte aumento del valor de la moneda china frente al dólar, hasta principios de octubre el yuan sólo se había apreciado un 2%.
En EE.UU. consideran que la moneda asiática debería apreciarse al menos un 30% para restablecer el equilibrio en los flujos comerciales. Mientras tanto, las autoridades chinas expresaron que seguirán manteniendo un estricto control sobre la evolución de su moneda. El primer ministro de ese país, Wen Jiabao, solo señaló que Pekín abogaba por mantener los tipos de cambio de las principales divisas de reserva “relativamente estables”. El mandatario considera que los déficits comerciales de EE.UU. y la UE frente a China responden a la nueva estructura del comercio internacional y no al valor del yuan. Para China una apreciación de su moneda resentiría su crecimiento económico, disminuyendo su demanda de mercancías y afectando así a la economía mundial. Por su parte, EE.UU. a través de la prórroga o puesta en marcha de nuevas facilidades de liquidez, bien por la compra de bonos o con créditos blandos a su tejido empresarial, también busca diluir el valor de su moneda frente al resto de las divisas de referencia. Muchos otros países además de China han tomado en estos días medidas encaminadas a devaluar (o evitar una apreciación excesiva) sus monedas para ganar competitividad y poder así incrementar sus exportaciones, al tiempo que reducen las importaciones, y de esta manera salir de la crisis actual. Al respecto, el secretario del Tesoro de EE.UU., Timothy Geithner, expresó que “cuando economías de gran tamaño con tipos de cambio devaluados actúan para evitar la apreciación de sus monedas animan a otros países a hacer lo mismo, creando una dinámica peligrosa”. Particularmente, algunos países en desarrollo, como Brasil, se encuentran implementando políticas para evitar que la masiva entrada de capitales, motivadas por las altas tasas de interés relativas con el mundo desarrollado, aprecie su moneda afectando el desarrollo de su sector exportador. Otros como Japón, Corea del Sur, Tailandia, Indonesia, Perú y Colombia se han sumado a la aplicación de medidas para mantener la cotización de sus respectivas monedas. Se observa, entonces, que el riesgo que generan estas políticas de “empobrecer al vecino” es que el mundo entre en una espiral de devaluaciones sucesivas que podría derivar en la imposición de obstáculos para el comercio. En este sentido, la Cámara de Representantes del Congreso estadounidense aprobó a finales de septiembre un proyecto de ley que prevé una modificación al mecanismo de defensa comercial estadounidense (Tariff Act de 1930). La medida, que obtuvo 348 votos a favor y 79 en contra, debe ahora ser debatido en el Senado, algo que no sucedería antes de las elecciones legislativas del 2 de noviembre, donde el panorama político del país podría cambiar considerablemente. La reforma establece que para los casos en que la moneda de un país esté subvalorada y dicho país exportase mercancías se podrá imponer un derecho compensatorio, por entender que la diferencia entre el tipo de cambio devaluado y el tipo de cambio de “equilibrio” otorga un subsidio a la empresa exportadora. Según analistas, resultaría poco factible que EE.UU. pueda imponer derechos compensatorios, en razón de la devaluación monetaria, sin violentar los acuerdos de la OMC. Debe señalarse que es aceptado en la OMC que existe «subvención» cuando el otorgante efectúa una «contribución financiera» que confiere un «beneficio» para el receptor, en comparación con lo que de otro modo habría podido obtener el receptor en el mercado, y cuando dicha contribución es específica para una empresa o rama de producción o un grupo de empresas o ramas de producción dentro de la jurisdicción de la autoridad otorgante. Se ha dispuesto que una subvención dejará de ser específica por estar ampliamente disponible en toda la economía en medida suficiente para no redundar en beneficio de un grupo limitado particular de productores de determinados productos. Finalmente, el párrafo 1 a) del artículo 3 del Acuerdo SMC prohíbe las subvenciones que estén supeditadas a los resultados de exportación, o dependan para su existencia de los resultados de exportación. Desde China y otros socios comerciales de EE.UU. no se hicieron esperar las críticas a esta legislación, por considerar que se utiliza la cotización del yuan como una excusa para desarrollar una política proteccionista en contra del gigante asiático. El gobierno chino alertó sobre la posibilidad de que esta ley genere una escalada en la imposición de medidas restrictivas para el comercio internacional. Por su parte, el director general de la OMC, Pascal Lamy, expresó que una fluctuación rápida y desordenada de divisas debido a la búsqueda de una ventaja comparativa basada en el tipo de cambio podría amenazar los logros obtenidos por el sistema multilateral de comercio, en cuanto a mantener a los países alejados de la adopción de medidas de corte proteccionista. Según Lamy, un comportamiento monetario no cooperativo podría poner en peligro la vía hacia la estabilidad y la recuperación impulsada por el comercio. El tema ha sido debatido en diversos foros internacionales aunque sin llegar a un acuerdo concreto. Los países desarrollados acusan a los en desarrollo de depreciar sus monedas para abaratar sus exportaciones y los en desarrollo a los desarrollados de abusar de la política monetaria para hacer lo mismo. En la última reunión ministerial del G-20 EE.UU. presentó una propuesta para fijar un límite al superávit y déficit que los países podrían sostener en el tiempo. La misma no tuvo una buena acogida de países como China, India, Alemania y Japón. Así, este tema se ha convertido en el más espinoso de la actualidad económica internacional y promete ser el eje de la próxima reunión de presidentes del G-20 en Seúl. Si bien muchos economistas consideran que los temores de una “guerra mundial de divisas” son infundados, los líderes de los países más importantes del globo deberán enviar señales claras para evitar que estos se materialicen y el mundo ingrese en una ronda destructiva de devaluaciones competitivas, que derivaría en la imposición de medidas proteccionistas que socavarían los flujos mundiales de comercio. En tanto, la solución multilateral a este problema no debería implicar que los países en desarrollo vean limitadas, nuevamente, las posibilidades de aplicación de herramientas de política económica cruciales para el desarrollo de un país.
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