El pasado 26 de marzo se cumplieron 25 años de la firma el Tratado de Asunción, que significó el punto de partida del proceso de integración regional entre Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay y que se materializó en la creación del Mercado Común del Sur (Mercosur). En 2012 se adhirió Venezuela y, en la actualidad, Bolivia es candidato a hacerlo, esperando la aprobación del congreso de Paraguay (ya lo aprobó el Senado, resta la Cámara de Diputados) y de Brasil.
La idea original fue crear un mercado común entre sus países miembros, pero sin llegar a constituir organismos supranacionales como la Unión Europea o la Comunidad Andina de Naciones. Se ha señalado acertadamente que esto pudo en su momento tener ciertas ventajas para los países tomados individualmente, pero que a la larga ha conspirado contra una institucionalidad comunitaria autónoma y fuerte que pudiera imponer políticas, normativas y una jurisdicción que disciplinara a los países del bloque, como ocurre en el ámbito europeo.
Con su conformación actual (incluida Venezuela), el Mercosur alcanza una población 295 millones de habitantes y acumula un Producto Interno Bruto (PIB) de USD 3,3 billones (FMI, 2014). Esto lo transforma en la quinta economía a nivel mundial y el segundo mayor territorio aduanero, solo superado por Rusia.
Si el objetivo primordial ha sido la integración comercial y esta puede ser medida por la cantidad de acuerdos firmados, se puede considerar al Mercosur en deuda. Ha firmado acuerdos con Israel, Egipto (aún no vigente), Palestina (aún no vigente) y México. Por otro lado tiene acuerdos de preferencias arancelarias con Cuba, India (que contempla 450 líneas arancelarias, aunque se busca ampliar) y la Unión Aduanera de África Austral (SACU), este último que ha entrado en vigor recientemente (Ver Ampliación de los acuerdos con India y SACU en este Boletín).
Quizás una de las mejores definiciones respecto del estancamiento negociador del bloque surge de la visión del director del Departamento de Negocios Internacionales e Integración de la Universidad Católica del Uruguay, Ignacio Bartesaghi. Este sostiene que el Mercosur posee un acuerdo antiguo, de la década del 90, el cual se debe aggiornar. Luego destaca que el principal problema es que mientras el mundo negocia pragmáticamente, el Mercosur lo hace ideológicamente.
Una de las alternativas planteadas desde hace algunos años ha sido la revisión de la Resolución 32/00, aprobada en el 2000, que prohíbe a los Estados miembros la firma de acuerdos comerciales de forma bilateral. En este sentido, el ministro de Economía de Uruguay, Danilo Astori, ha llamado a adoptar un enfoque «de regionalismo abierto«, lo que implica dar flexibilidad y que sea posible avanzar en acuerdos comerciales con otros países de forma individual, porque cada economía maneja sus tiempos.
Por su lado, Welber Barral, ex secretario de Comercio Exterior de Brasil y director de la consultora Barral M Jorge, reconoce que el Mercosur fue responsable del cambio del curso político en América del Sur al reducir las tensiones regionales y contribuir a la consolidación de la democracia. Entre los logros rescata el desarrollo de normas regionales, la coordinación de negociaciones internacionales y una estructura institucional incipiente. En cuanto a las materias pendientes, señala que falta consolidar la institucionalidad, concretar la promocionada integración de cadenas productivas y coordinar las políticas comerciales.
Fernando Masi, director del Centro de Análisis y Difusión de la Economía Paraguaya (Cadep), afirmó que por más que el Mercosur firme acuerdos de libre de comercio con la UE o con países asiáticos, si no logra mayor integración física, comercial y energética con el resto de América del Sur, no habrá cumplido su misión.

