Los agricultores y el hambre* Ernesto S. Liboreiro y Agustín Tejeda Economistas de la Fundación INAI ¿Son los médicos responsables de las enfermedades? ¿Son los sacerdotes responsables de los pecados? ¿Son los abogados penalistas responsables del delito? ¿Son los banqueros responsables de la insuficiencia de dinero de la gente? La respuesta es NO a todas las preguntas y otras semejantes. Tampoco son responsables los agricultores de la alimentación de la población de Argentina. Esta creencia de que los agricultores son los responsables de satisfacer las necesidades de alimentación de un país, digamos Argentina, es una idea del pasado. Lamentablemente, ella forma parte del imaginario colectivo de un porcentaje grande de los mismos agricultores, de no pocos profesionales vinculados a la producción agropecuaria y del mismo gobierno actual. Son numerosos los casos de países que no producen suficientes alimentos, pero que al producir otros bienes en abundancia obtienen los recursos necesarios para comprar los alimentos en que son deficitarios. Tales son los casos de países con elevado nivel de desarrollo como Japón, Suiza y Corea, en donde la producción de alimentos ha disminuido pero el hambre no ha aumentado porque se ha expandido la renta per cápita y consiguen los alimentos en el mercado mundial. Del mismo modo, son muchos también los casos de países que tienen capacidad para generar cantidades de alimentos que exceden a sus necesidades de consumo interno. Estos países se convierten en importantes exportadores de alimentos, y para solucionar sus problemas de subnutrición recurren a recursos que recaudan a partir de la riqueza que generan, sin limitar sus exportaciones. Tal es el caso de EE.UU. en donde el 68% del presupuesto destinado a su Ley agrícola corresponde a los denominados “cupones de alimentos”, que le permiten a los pobres acceder a una alimentación adecuada. Generan la riqueza estimulando las exportaciones de alimentos y con la riqueza generada recaudan impuesto a las rentas personales para pagar los cupones alimenticios para quienes los necesitan. Al igual que lo que sucede con cualquier otra mercancía, los alimentos no se distribuyen en la economía a través de instituciones benéficas, sino que su propiedad debe adquirirse en el mercado (salvo, por supuesto, los casos en que la persona ha perdido su fuente de ingresos debido a circunstancias económicas). El individuo debe ganar esta capacidad de adquirir alimentos ya sea a través de una renta salarial o de la venta de otras mercancías. Así, la mayor parte de la población no produce alimentos directamente, sino que consigue la capacidad de comprarlos produciendo otros bienes. Lo crucial para comprender el problema del hambre es, en términos del Premio Nobel de Economía Amartya Sen, la libertad fundamental del individuo para conseguir la propiedad de una cantidad suficiente de alimentos. La tragedia del hambre es fundamentalmente un problema de carencia de ingresos e involucra, por tanto, al funcionamiento de toda la economía y no únicamente a la agricultura y la producción de alimentos. De esta manera, un argentino, que vive en un país en el que se producen alimentos en abundancia, puede morirse de hambre, incluso aunque se tomen medidas que limiten las exportaciones y aumenten las existencias internas de estos alimentos, si no tiene los ingresos necesarios para adquirirlos en el mercado. Hacer frente al hambre en el mundo requiere, entonces, de acciones en dos vías. Por un lado, generar los incentivos necesarios para que continúe aumentando la producción de alimentos en todas las regiones del mundo. Pero por el otro, tomar medidas para que la economía crezca con oportunidades para todos. Vale hacer una mención especial al comercio internacional. Para lograr la seguridad alimentaria mundial es vital un adecuado funcionamiento del sistema multilateral de comercio. Si bien las cantidades de alimentos a nivel mundial son suficientes, la situación dentro de cada uno de los países es muy diferente. Los países importadores de alimentos deben tener garantías de que podrán abastecerse de aquellos que producen en condiciones más eficientes. Esto disminuirá la tentación a imponer medidas en favor de la autosuficiencia alimentaria, que distorsionen el mercado y conspiren contra el aumento de la producción mundial. En los últimos años surgió en Argentina un intenso debate en relación con el precio de los alimentos y las medidas adoptadas por el gobierno con el fin de salvaguardar “la mesa de los argentinos”. De acuerdo a los argumentos expresados en el presente artículo, las acciones destinadas a reducir el precio de los alimentos no comprenden la realidad del problema que pretenden solucionar. Para eliminar la subnutrición en el país son necesarias políticas positivas que estimulen el crecimiento de la economía en su conjunto y aumenten la capacidad de cada uno de los ciudadanos de adquirir alimentos. Entre estas se encuentra brindar incentivos de precios para que crezcan la producción y la renta, incluida, la producción de alimentos. Limitar las exportaciones y contener el precio de los alimentos no resuelve el problema básico de la pobreza. Garantizar un ingreso acorde, fomentando el empleo y construyendo fuertes redes de protección social es la manera de superar el desafío. De lo contrario, a pesar de producir para alimentar a 400 millones de seres humanos, Argentina seguirá teniendo personas que no puedan acceder a los alimentos básicos para desarrollar una vida plena y saludable. La condición particular de Argentina hace que las medidas que desincentivan la producción agrícola revistan de una importancia adicional. A diferencia de lo que sucede en otros países, el sector agrícola es importante dentro de la estructura productiva, y sobre todo exportadora, de Argentina. El país debe aprovechar la oportunidad que se le presenta con un comercio mundial de alimentos en expansión para apuntalar el crecimiento económico y disminuir la pobreza. Resolver el problema del hambre tanto a nivel nacional como mundial es una cuestión de prioridades políticas. El mundo tiene los recursos y la tecnología necesarios para alimentar a todos los seres humanos. Pero esta tragedia no se origina en la falta de alimentos sino en la existencia de sociedades excluyentes. Lograr mayores niveles de ingreso para los estratos más vulnerables permitirá que todos podamos acceder a suficientes alimentos inocuos y nutritivos. Esta es la cuestión capital. * El presente artículo fue publicado en el diario Clarín, Suplemento Rural, el día sábado 6 de marzo de 2010.
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