En su documento Integración regional: hacia una estrategia de cadenas de valor inclusivas, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) destaca la vigencia del concepto de integración como un componente básico de la transformación productiva y las estrategias de crecimiento con igualdad. El Organismo señala la necesidad de una mayor articulación productiva entre los países de la región, que permita responder al actual momento histórico caracterizado por la acelerada innovación tecnológica, el creciente peso económico de Asia y los países emergentes, la irrupción de las cadenas mundiales de valor y la tendencia a la conformación de macro-regiones integradas.
Específicamente, se proponen políticas para la creación de cadenas de valor regionales y sub-regionales que impulsen el intercambio manufacturero, el comercio intra-industrial, la internacionalización de las pymes y el aumento los números de empresas exportadoras y bienes exportados.
Revisando la evolución económica en las últimas décadas, en el informe se corrobora que la región no ha conseguido superar su restricción externa. Cuando las condiciones internacionales de financiamiento y comercio son favorables, crece por encima del 4%; cuando estas se deterioran, retorna a niveles cercanos al 3%. Debido a la desaceleración de la economía china, las perspectivas de crecimiento regional hacia 2018 asoman menos favorables que las del quinquenio 2003-2008. Por este motivo, se resalta que ha llegado el momento de reflexionar sobre la calidad de la inserción internacional de América Latina y el Caribe y sobre el rol que en esta puede cumplir la integración.
Si bien se nota quela integración parece vivir hoy un momento de gran actividad en la región, se reconocen los riesgos de dispersión de esfuerzos que plantea la constante creación de nuevas iniciativas, y la precariedad institucional de algunas de ellas. Por otra parte, se observan alineamientos transitorios en función de afinidades políticas y divisiones entre las riberas atlántica y pacífica, situaciones que no se condicen con las exigencias del mundo actual ni con el carácter de política de Estado que debe tener la integración.
Para la CEPAL la irrupción de las cadenas de valor en la economía mundial ha dado origen a una renovada atención al espacio regional. En efecto, las principales redes de producción se estructuran en torno a regiones específicas. Según estimaciones de la UNCTAD, cerca de un 80% de las exportaciones mundiales de bienes y servicios corresponde a comercio en estas cadenas. Los países participantes, más que especializarse en la producción de bienes o servicios finales, lo hacen en determinadas tareas o segmentos del proceso productivo. Participar en las cadenas de valor trae beneficios, como acceder a nuevas tecnologías y redes, y la posibilidad de internacionalización de las pymes. Pero el reto consiste en ascender en la jerarquía dentro de ellas, transitando desde actividades simples a otras de mayor complejidad.
Si bien la proximidad geográfica es condición necesaria, no es suficiente. Es necesario avanzar hacia marcos normativos comunes, que incentiven a las empresas a articular sus operaciones con otras situadas más allá de las fronteras. Igualmente importante es la existencia de políticas explícitas de apoyo a la integración productiva y de una adecuada infraestructura de transporte, logística, energía y telecomunicaciones.
En el documento se identifican tres grandes redes de producción (“fábricas”) en el mundo: la “fábrica Europa” (centrada en Alemania), la “fábrica América del Norte” (centrada en EE.UU.) y la “fábrica Asia” (centrada en un principio en el Japón y más recientemente en China).
Un factor importante en la conformación de estas “fábricas” han sido los procesos de integración profunda en cada una de las regiones. A estos se han sumado recientemente iniciativas trans-regionales de vasto alcance, conocidas como “mega-regionales”. Este es el caso en particular de las negociaciones en curso del Acuerdo Transpacífico (TPP), el Acuerdo Transatlántico entre EE.UU. y la UE (TTIP), el acuerdo de libre comercio entre la UE y Japón, y la Asociación Económica Integral Regional (RCEP). En todos los casos se busca armonizar, o al menos hacer compatibles, las reglas con que operan las distintas “fábricas” mundiales. La magnitud de estas iniciativas podría significar que hacia 2020 se hayan renegociado las reglas del comercio internacional, para adaptarlas a la realidad de las cadenas de valor (Ver Boletín N° 135).
A diferencia de estas iniciativas, los acuerdos de integración latinoamericanos suelen ser menos profundos y, por ende, menos adecuados para gestionar cadenas de valor modernas. La irrupción de estas ha reducido la gravitación de los temas arancelarios y elevado la de los no arancelarios, como la facilitación del comercio, la movilidad de las personas de negocios, las normas técnicas aplicables a productos y servicios, y el tratamiento de la inversión extranjera y de la propiedad intelectual, entre otros. No obstante, la cobertura temática de muchos de los acuerdos existentes entre países de la región aún no refleja estas tendencias. En consecuencia, el fenómeno del mega-regionalismo desafía a la región a profundizar su propio proceso de integración, como una herramienta para mejorar su inserción en la economía mundial. De acuerdo al estudio, América del Sur tiene uno de los niveles más bajos de participación en las cadenas mundiales de valor.
En este sentido, se plantea el objetivo de transitar hacia una gradual convergencia de los acuerdos existentes. Particularmente, se propone explorar opciones que permitan avanzar hacia una plena acumulación regional de origen. Este concepto se refiere a la posibilidad de que los insumos originarios de un país de la región que sean incorporados en un bien final que será exportado por otro país de la región a un tercer país, también de la región, se consideren como originarios del país que exporta el bien final. También sería deseable una mayor coordinación en materia de facilitación del comercio, así como una gradual armonización o reconocimiento mutuo de los estándares técnicos, sanitarios y fitosanitarios. Otro aspecto central es reducir los elevados costos logísticos, para lo que se requiere superar las brechas de infraestructura de transporte.
Finalmente, la CEPAL destaca que la apuesta por el comercio intrarregional no debe ser entendida como un llamado al proteccionismo frente al resto del mundo. Como se indicó, las nuevas formas de organización de la producción en cadenas de valor inducen procesos de segmentación, estimulando el comercio de bienes intermedios y el comercio intra-industrial como rasgos típicos de la complementariedad productiva. Por tanto, corresponde evaluar con suma atención el efecto neto de las medidas que limitan el acceso a las importaciones, incorporando al análisis el impacto adverso que ellas podrían tener sobre la competitividad, al encarecer o limitar en demasía el acceso oportuno a bienes de capital, insumos, servicios o tecnologías de origen importado.

