Las negociaciones comerciales mega-regionales tendrán un profundo impacto en la arquitectura mundial del comercio y la inversión, de acuerdo al trabajo “Mega-regional trade negotiations: What is at stake for Latin America?”, publicado por el Inter-American Dialogue. Estas iniciativas, entre las que se destacan los acuerdos Transatlántico y Transpacífico, afectarán a los países de la región. A diferencia de los tratados de libre comercio tradicionales, los mega-acuerdos se diferencian por el tamaño, el número y la ubicación geográfica de las economías involucradas, y por abarcar una agenda amplia y compleja, que incluye temas no regulados por la OMC. Sólo Chile, México y Perú tienen un asiento en la mesa de negociación. Cómo estos acuerdos afecten los flujos comerciales de los países latinoamericanos dependerá de la estructura del comercio exterior de cada uno de ellos. Argentina podría ser uno de los menos perjudicados, dada la baja importancia relativa de EE.UU., la UE y los demás países en negociación en sus exportaciones e importaciones. Otro aspecto a considerar es la existencia de acuerdos entre las naciones latinoamericanas y los principales actores en estas negociaciones, a saber: EE.UU., la UE y Japón. En Sudamérica existe una clara diferencia entre Chile, Colombia y Perú, y el resto de los países. Mientras los primeros poseen tratados comerciales con las tres potencias (el acuerdo entre Colombia y Japón está en negociación), los Miembros del Mercosur no han firmado ningún acuerdo extra-regional de relevancia, dependiendo su acceso de la existencia de programas unilaterales de preferencias arancelarias. No obstante, incluso los países que tienen tratados en vigor con los países desarrollados verán incrementada la competencia en esos mercados como consecuencia de los mega-acuerdos. Muchos de los productos exportados por Argentina, Brasil, Ecuador, Paraguay, Uruguay y Venezuela a EE.UU. y la UE ya ingresan con aranceles muy bajos, como es el caso de los que integran el complejo soja. Si bien no se verán en una situación desventajosa desde el punto de vista arancelario, el riesgo está en la consolidación de una matriz comercial dominada por la venta de productos sin transformación. En algunos productos con mayor grado de elaboración, como vino y carne bovina, que sí pagan tarifas elevadas, Argentina se enfrenta al riesgo de perder los mercados de Europa y Estados Unidos, ante el cierre del Acuerdo Transatlántico. En un trabajo reciente, la Fundación INAI estimó reducciones del 90% y el 40% en las exportaciones argentinas a la UE de carne bovina deshuesada fresca o refrigerada y congelada respectivamente, como consecuencia de la firma de un tratado entre europeos y estadounidenses. Dado el surgimiento de las denominadas Cadenas Globales de Valor, los autores expresan la necesidad de un análisis más complejo, que contemple aspectos como la posibilidad de la “acumulación de origen”. Esta regla implica que los insumos importados desde un Miembro del acuerdo que son incluidos en el bien final exportado a un tercer Miembro son considerados como originales del país en donde se hace la exportación del bien final. Esto fomenta la integración de los países en cadenas globales y regionales de valor, al permitir la importación de insumos de calidad a precios competitivos. Más importantes que las rebajas arancelarias serán los aspectos regulatorios que surjan de estos acuerdos. El Acuerdo Transatlántico tiene como objetivo establecer disciplinas para los nuevos temas del comercio internacional, como empresas comerciales del estado, protección ambiental, inversiones, servicios financieros, controles de capitales, propiedad intelectual, estándares laborales y medioambientales. Si es exitoso, estas podrían convertirse de facto en nuevas regulaciones globales. En principio la “convergencia regulatoria” entre los principales países del comercio internacional podría ser beneficiosa para el mundo, al unificar criterios y disminuir los costos de las transacciones. Sin embargo, al elaborarse fuera del ámbito multilateral, las nuevas reglas podrían ser de difícil y costoso cumplimiento para los países en desarrollo que no participaron de su elaboración. Particularmente, lo que se acuerde en tópicos como organismos genéticamente modificados, el uso de hormonas en la producción de carne o las normas en materia de biocombustibles tendrán especial impacto en los países de Latinoamérica. A su vez, los países de la región que sí participen de estas iniciativas podrán ver considerablemente disminuido su espacio para el diseño de políticas públicas. La integración regional latinoamericana ha estado centrada históricamente en la remoción de los impuestos al comercio. Este es el caso especial de Sudamérica, donde la escasa conformación de redes internacionales de producción no generó la necesidad de una integración más profunda. La divergencia de reglas, así como las deficiencias de infraestructura y logística dificultan la integración de la región en las modernas cadenas de valor. El mega-regionalismo desafía a América Latina a profundizar su propia integración como medio para mejorar su inserción en la economía global.
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Impactos para América Latina
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